El poder de la insinuación: el toque Lubitsch

Yo llegué aquí sin nada. Lubitsch estaba haciendo su primera película en EE.UU. No sabía lo que querían de él. Y, en su confusión, hizo Rosita (1923), un filme con Mary Pickford. Una película seria, no muy buena; e inmediatamente después se fue. Tenía un contrato con Warner Bros, creo. Entonces, vio una película de Mauritz Stiller, un director sueco, y ahí encontró su estilo. Ahí vio Lubitsch que su futuro estaba en la comedia, aunque entonces era aún muda. El sonido llegó después. Dirigió la primera o segunda película musical , The Love Parade (1929).

Pero ya entonces buscaba argumentos de comedia. Y empezó a llevarlos a la pantalla de forma magnífica. Comprendió que, si uno dice dos más dos, el público no necesita que le digan que es cuatro. Llega a la conclusión por su cuenta; había que dejar que los espectadores descubrieran la gracia por sí solos. Siempre había alguna insinuación a la hora de plantear las situaciones, y la recompensa era la risa del público que había comprendido lo que quería decir. Era una técnica totalmente nueva, que había visto en la película sueca. Era lo que hacía Mauritz Stiller. Yo nunca la vi. Pero a él le asombró, le hizo pensar: “¡Dios mio, cuántas cosas se pueden hacer con la insinuación!”. Cambió su vida; fue el comienzo del toque Lubitsch.

(Conversaciones con Billy Wilder, de Cameron Crowe; 1999. Alianza Editorial)

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3 comentarios en “El poder de la insinuación: el toque Lubitsch”

  1. A mí me gustan las historias sin masticar. Ponerle los trozos que hay en los fuera de cámara es donde le veo la gracia al cine.
    Es increible Ernst Lubitsch, pero lo es más aun Billy Wilder. Es una pena lo que mucha gente se está perdiendo por nacer en estos tiempos, ya es muy difícil verlos ni en la tele, pues imagínate saber de su existencia.
    Por cierto, que curioso tipo Cameron Crowe, capaz de lo mejor y de lo peor. Me gustan bastante Singles y Casi famosos. Del resto mejor ni acordarse.

    Salud.

  2. Muy cierto lo que dice joputa con respecto a la posibilidad de acceder a ese cine por parte de los más jóvenes, aunque Internet puede llenar ese vacío, es una de las cosas buenas que permite.

    Yo casi nunca recuerso el nombre de una película o un actor, de los directores me acuerdo algo más. No soy un gran cinéfilo, pero necesito que una película me toque la fibra.

  3. Yo tampoco me acuerdo ni de títulos, ni de directores, y lo que es peor, tampoco de argumentos. Con lo cual, pasado cierto tiempo nunca recuerdo si he visto o no una película, a no ser que me toque mucho “la fibra”.

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