¿Cómo se celebra San Valentín en el resto del mundo?

1er síntoma primaveril: hostilidad con las telefonistas

Me siento hostil con ellas, no puedo con esa voz nasal, metálica y automática. Me desagrada mucho y, aún más, cuando te pasan de línea en línea, te tienen colgada media hora al teléfono o, en casos peores, te dicen que te pasan la llamada y te cuelgan. Ineptas. No las soporto. Hoy he mostrado mi agresividad con una, pero ha sido como hablarle a un contestador automático, caso omiso y su voz sin alterarse ni un pelín. No las soporto. Lo siento telefonista si me lees…pero te habré insultado tantas veces, eres algo que me causa aburrimiento y rechazo y esa musiquita horripilante que me pones al pasar la llamada, sé que no es tu culpa, pero no la soporto y entre tu voz aburrida metálica, la música y la espera, no puedo por más que odiarte…

La primavera, mi sangre altera…

Familia

Cuestiones familiares. Esta semana uno de mis tíos no me cae bien.

Un soldado acuartelado en Japón llama por teléfono a casa. “Mamá”, dice, “Aquí Milton, ¡tengo buenas noticias! He conocido a una chica japonesa maravillosa y acabamos de casarnos hoy mismo. En cuanto me licencien quiero llevarla a casa mamá y así os conocéis”. “Sí”, dice la madre, “claro traétela a casa cuando quieras”. “Estupendo mamá”, dice Milton”, “lo que pasa es que no sé, con lo pequeño que es vuestro piso, ¿dónde vamos a dormir Ming Toy y yo?”. “¿Dónde?”, pregunta la madre. “Pues en la cama, ¿dónde vas a dormir con tu mujer, si no? Mira Milton, cariño -le dice la madre- no te preocupes que va a haber todo el sitio que quieras: en cuanto acabemos de hablar voy a buscar una soga para colgarme”.

Párrafo extraído de El mal de Portnoy de Roth, regalo de Nano.

Del toser e incordiar en el teatro

No ceía que fuera maniática y a lo mejor saco las cosas de quicio pero el sábado tuve día gafapastacultureta y me apetecía ir al teatro. La obra regulera, pero no voy a entrar, el teatro mola aunque sea por ver a los actores desgañitarse. Lo malo fue que, en tu concentración por intentar oír bien (en algunos casos, no se les oía nada) y aguzando el oído oyes como el “ballenato” que está en la fila de atrás, un señor barrigudo al que fulminas con la mirada en varias ocasiones, hace un ruido incómodo, chirriante y constante con la nariz (algo parecido al pitido de la olla exprés). En ese momento piensas que algún día parará, su mujer le tenderá un kleenex para que, sin molestar más al resto, se suene la nariz. Pero no, sigue y no para. Y tú parece ser que eres la única de todo el teatro que lo escucha y no puedes evitar que la concentración se te vaya a la nariz del señor. ¿Nadie más se da cuenta?

Sin ser tan exagerada como el protagonista melómano de La Mesa Limón de Julian Barnes, en “Vigilancia”, me he acordado mucho del prota cuando tuve ganas de decirle al oído al ballenato: “Comprendemos el atasco de sus vías respiratorias señor, pero a los actores (y a mí fundamentalmente) nos resulta muy engorroso el ruido de su nariz”.

“El público era normal. El ochenta por ciento, con permiso de día en los hospitales de la ciudad, cuyos pabellones de pulmón y departamentos de otorrinolaringología tenían prioridad para las entradas. Reserva ahora un asiento mejor si tienes una tos que supera los 95 decibelios. Al menos la gente no pedorrea en los conciertos. Yo nunca he oído a nadie echarse pedos, ¿y ustedes? Lo cual me da la razón en parte: si puedes reprimir un extremo, ¿por qué no el otro? Según mi experiencia, recibes más o menos el mismo número de advertencias. Pero la gente, en conjunto, no expele ventosidades estentóreas con Mozart. De lo cual deduzco que se conservan unos pocos vestigios de la fina costra de civilización que nos impide incurrir en una absoluta barbarie (…)”.

Play: I Want You (Bob Dylan)

FELIZ

Hai amores que nunca se abandonan. Amores embalsamados. Volven e revolven, como as cegoñas ou o salmón vogando río arriba. Hai amores que deixan marca na pel, como unha tatuaxe que escribes nos adentros para escapar da morte ou da tristeza. «Envuélveme con tu luz para que la muerte no me vea», escribiulle Juan Ramón á súa Zenobia. O tipo da barra afirmaba que hai amores que persisten. Embalsamados. Despois engadiu que estaba equivocado. Só un amor regresa, e regresan sempre os mesmos ollos e a mesma boca. Escoitábase música con maquillaxe de romanticismo fofo. A xente mirábase, incomunicada polas copas e a ambición da pel, que nunca se equivoca: cálida e lúbrica. Ardor, aire acondicionado no corazón, un río de individuos na rúa procurando a felicidade. Pero a felicidade está sempre no pasado: os mesmos ollos, a mesma boca. Invitoume a pasar con el o resto da velada. Eu díxenlle que marcharía antes de que saíse o sol. Deben ser os anos. Antes sentaba nos bancos dos parques agardando o amencer. Agora xa non o soporto. O brillo cégame. O chocolate con churros rasga a miña alma, ácido. El prometeu que marcharía antes ca min. Contoume que ela sufría o mal perverso dos celos. El, tamén. Un día dixo que o vira acariñando a perna dunha muller. E dixo que lle valía calquera, que lle daba pena, que nunca cambiaría («de falda en falda»). El xurou que era mentira. Despois dixo que ela estaba con este, con aquel. Deixaron de falarse. Cruzáronse outra noite. El fíxolle dúas preguntas. ¿Amas a outro? (1). ¿Quéresme aínda como eu te quero a ti? (2). Ela respondeu non (1), si (2). O meu contertulio calou. Eu pensei que seguiría a historia e preguntei: «¿Nada máis?». Contestou: «Non, nada máis». Timbrou o seu móbil. Marchou. Mentres camiñaba miroume só para dicir: hai amores que nunca se abandonan. Entendín a mensaxe e contestei: os mesmos ollos, a mesma boca. Feliz.

Columna de Xosé Carlos Caneiro, publicada en La Voz de Galicia el 11 de agosto de 2009.